El día que Hitler le confió al embajador argentino su peor error: “Inglaterra y Francia no entrarán en guerra”

Faltaban apenas semanas para que los nazis invadieran Polonia. El Führer recibió al embajador Labougle, que se despedía para viajar a Chile. Los imperdibles detalles del informe que redactó el diplomático sobre los dichos de Hitler: “Siempre tengo presentes a dos países, España y Argentina”

Ago 28, 2022 | 0 Comentarios

En junio de 1939 una ola de calor comienza a envolver a Europa. El primer día del mes, en los diarios berlineses, se publicó la noticia del traslado del embajador argentino Eduardo Labougle Carranza. Su nuevo destino era la Embajada Argentina en la República de Chile, uno de los destinos más importantes de la diplomacia argentina. Entre los aprestos de viaje, tareas administrativas, y las despedidas que le brindaron, el matrimonio Labougle dejó Alemania recién el 4 de julio de 1939, cuando se embarcaron en el puerto de Hamburgo en el “Cap Arcona” rumbo a Buenos Aires. Dejaba tras de sí –luego de siete años en Berlín– numerosos amigos, empresarios de la industria, el comercio y el gobierno. Le pidió una entrevista a Hitler con el fin de despedirse oficialmente. Era lo que correspondía. Y fue recibido en la “Führerbau” (Casa del Jefe) de Munich el 25 de junio de 1939. Los detalles de éste encuentro y otros con Herman GöringHeinrich Himmler forman parte del largo informe al presidente Roberto Ortiz y el canciller José María Cantilo.

El Mariscal Hermann Göring lo invitó a “Carinhall”, su majestuosa residencia cercana a Berlín. El diálogo fue relatado por Labougle en su informe final de 24 páginas. Con la franqueza de muchos años de trato, Göring supo decirle, innecesariamente, en un tramo de la conversación: “Sí, pero los argentinos no constituyen una raza; es una mezcla; son una nacionalidad.” El Ministro von Ribbentrop le ofreció un almuerzo en su casa y, a su término, lo condecoró con la “Gran Cruz del Águila Alemana”. Tanto el Führer, como el resto de los ministros y algunos jefes militares y de partido nazi le mandaron sus fotos con dedicatorias. Como antecedente inmediato del encuentro entre el Führer y el embajador argentino, el lunes 23 de mayo, en Berlín, Hitler convocó en la cancillería a los más altos jefes militares. Mientras tomaba pequeños sorbos de limonada, les dijo que había llegado la hora: “Si hacemos la guerra no será por Dantzig, sino para extender nuestro espacio vital en el Este y asegurar la subsistencia de las futuras generaciones. Además, si el destino nos fuerza a un conflicto con los occidentales, mejor es disponer antes de mayor espacio en el Este. No se trata de derecho o falta de derecho: se trata de la existencia de 80 millones de alemanes.”

El embajador Labougle, Hitler y el contralmirante León Scasso en la cancillería alemanaEl embajador Labougle, Hitler y el contralmirante León Scasso en la cancillería alemana

En junio, durante una charla (secreta) en Chatham House (Instituto Real de Asuntos Internacionales), Chamberlain sostuvo que Gran Bretaña estará dispuesta a ir a la guerra si Alemania invade a Polonia y se intensifican los contactos entre las FF.AA. de Gran Bretaña y Francia. El domingo 25 de junio de 1939 el canciller alemán recibió a Labougle en el Führerbau. La primera sorpresa que recibió el diplomático argentino fue recibir el homenaje de una banda militar y una numerosa delegación de asistentes y servidores de Hitler que lo acompañaron hasta el despacho de amplias dimensiones donde el Führer lo esperaba. Después de unas palabras Hitler le dijo: “Va a Chile Vuestra Excelencia. Ha vivido aquí tantos años históricos. Es Ud. Un buen testigo de todo lo que he hecho.” Luego la conversación se sumergió en los acontecimientos y rumores que corrían por Europa y frente a tantas especulaciones Hitler exclamó: “Hay dos grandes países que siempre tengo muy presentes, que nunca olvidaré su decidida y firme actitud al haberse mantenido lealmente neutrales durante la guerra, y esos países son España y Argentina”, se refería a la primera contienda mundial. Luego, mirando el presente, Hitler observó que esperaba y abrigaba la esperanza que la Argentina mantenga también en el futuro su situación independiente y que sobre esa base, “Argentina pueda contar siempre con su más sincero deseo y apoyo para estrechar las vinculaciones”.Párrafo del informe de Labougle al Presidente de la NaciónPárrafo del informe de Labougle al Presidente de la Nación

En otro momento del encuentro, Labougle se introdujo en lo que denominó “la crisis política mundial”. Y, tras acomodarse hacia atrás en su sillón, Hitler habló: “¡La situación recién se podrá aclarar cuando los polacos (y esto lo hizo con un ademán despectivo), por fin y de una vez, así lo resuelvan, o si ellos quieren conquistar únicamente la Prusia Oriental, o también Pomerania y Silesia, o, si asimismo lo desean hasta el Oder o hasta Berlín! Los polacos tienen delirios de grandezas y se olvidan que Alemania tiene no solamente el ejército más poderoso del mundo (expresado en cifras, después de la Rusia Soviética, cuyo ejército no cuenta) sino, sin duda, también el mejor equipado (comprendiendo la aviación y la marina), de manera que no tenemos por qué temer a nadie. Si Polonia prueba realizar sus atrevidos proyectos, se le hará saber, se le instruirá con la rapidez de un rayo, en dónde se encuentran, en realidad, sus fronteras, que no son de manera alguna en el Elba, o posiblemente el Rin! Polonia no podrá contar con la ayuda de ningún país”. Tras estas palabras, Labougle escribió que “el Canciller no cree que Francia e Inglaterra se resuelvan prácticamente a intervenir en el conflicto […] En su malhumorada ironía, me dijo algo así como que Polonia sería barrida una vez más en su existencia como país independiente.”Durante la conversación el canciller alemán habló de Gran BretañaDurante la conversación el canciller alemán habló de Gran Bretaña

Con equivocada visión, el canciller alemán le dijo a Labougle que estaba convencido que “en el caso de Polonia, los países tanto Escandinavos como Bálticos, y también Bélgica y Holanda y Yugoslavia, permanecerían neutrales: Ninguno de ellos quiere la guerra”, y lógicamente “también Suiza”. Seguidamente, el diplomático argentino relata que Hitler expresó que para él “sería agradable la existencia del mayor número posible de naciones neutrales, por cuanto sea comerciar con cada país condiciones iguales de derechos y ventajas, lo que nada tiene que ver con la política…pero los Estados Unidos de Norteamérica pretenden inmiscuirse en la política comercial del Reich.” Y “habló con violento énfasis demostrativo de su fastidio contra el gran país del Norte y especialmente contra su Primer Mandatario.” Desgraciadamente, anotará Labougle, Hitler le dijo que “los Estados Unidos es el país más mal gobernado del mundo y Roosevelt es el peor de los gobernantes. Tiene una enorme cifra de desocupados y existe allí el contraste más grande que se pueda imaginar entre el pobre y el rico”. La realidad le enseñaría lo contrario.

Paul Schmidt, el intérprete de Adolfo Hitler, testigo directo del drama que se avecinaba, escribió que “en el transcurso del verano, la tensión en Europa se acentuó casi día a día…a fines de julio, sospechando que en los meses siguientes estaría muy ocupado, me tomé unos días de vacaciones en Norderney.” A las pocas horas de llegar, una llamada telefónica le advirtió que debía volver y que un avión especial del Ministerio de Relaciones Exteriores lo conduciría a Salzburgo. La urgencia se debía a una visita imprevista de Galeazzo Ciano, el jueves 11 de agosto. Todos los italianos parecían alterados: “Puede usted creerme—me dijo el embajador italiano Bernardo Attolico (en Berlín)- …Gran Bretaña y Francia están decididas ahora a la guerra si Alemania procede con Polonia del mismo modo que el año anterior con Checoslovaquia”. Luego de una larga jornada de trabajo en el castillo de Fuschl, propiedad (robada) de von Ribbentrop, fueron al refugio alpino de Hitler. Fueron dos días de conversaciones en el “Berghof”. En esos encuentros, cuenta Schmidt, Ciano fue recibido por Hitler y éste afirmó con gran seguridad: “Estoy plenamente convencido de que ni Inglaterra ni Francia tomarán parte en una conflagración mundial.”

La señora María Pearson de Labougle frente a la embanderada Puerta de BranderburgoLa señora María Pearson de Labougle frente a la embanderada Puerta de Branderburgo

Tras unos días de esos encuentros, el martes 22 de agosto una delegación alemana encabezada por von Ribbentrop, partió a Moscú a las nueve de la noche en un cuatrimotor Cóndor, FW 200. En esos encuentros, Alemania y la Unión Soviética delimitaron las esferas de influencia en la Europa Central y un acuerdo secreto, firmado entre los ministros Ribbentropp y Molotov, en el que se repartían (descuartizaban) el territorio polaco. Al finalizar, Stalin brindó: “Yo sé bien como quiere el pueblo alemán a su Führer; ¡bebo a su salud!”.

Foto autografiada por Hitler que recibió Labougle al finalizar el encuentroFoto autografiada por Hitler que recibió Labougle al finalizar el encuentro

Mientras festejaban en Moscú, en la Roma del Duce no sabían nada. En su “Berghof”, Hitler explica y justifica con una serie de argumentos, a un centenar de altos oficiales, que ha tomado la decisión de ocupar Polonia en primavera. Primero les informa que en esas horas se está cerrando un Pacto de No Agresión en Moscú. Luego dice: “Encontraré, para desencadenar esta guerra, una razón válida que la propaganda deberá explicar. Importa poco, por otra parte, que ésta razón sea o no plausible. El vencedor no debe rendirles cuentas al vencido. No tendremos que decir si hemos dicho o no la verdad. En tiempos de guerra, desde el principio como durante el curso de las operaciones, no es el derecho lo que importa, es la victoria…”. Por lo tanto, agrega, se debe “actuar de manera fulgurante. El fin es, lo repito, liquidar Polonia […] aniquilar sin piedad…aunque haya que desencadenar una guerra en el Oeste”. El 25, el embajador Attolico llegó a la cancillería con una carta de Mussolini a Hitler: “Es para mí uno de los momentos más dolorosos de mi vida el tener que comunicarle que Italia no está preparada para la guerra”. La misiva, según Schmidt, produjo el efecto de una bomba. Entre otros argumentos, el Duce decía que para sus jefes militares y aeronáuticos “las provisiones de gasolina son tan reducidas que sólo alcanzarían para tres semanas de guerra”. Hitler despidió al embajador italiano “con un gesto sumamente frío”.

“Durante los días siguientes (al Pacto Ribbentrop-Molotov) –anotó el calificado testigo– se sucedieron los tratos verbales o escritos, sin pausa, con los embajadores en Berlín o los políticos en Londres, París y Roma. Era una especie de teleconferencia entre capitales europeas, para la que utilizaron el teléfono y el telégrafo, y yo como intérprete y traductor… la misma labor que el año anterior en Munich.” Se volvía, además, a repetir la misma escena: se discutía sobre la soberanía de un país que no estaba representado en la mesa de negociaciones. El texto del traductor alemán refleja cierta tristeza al relatar las últimas horas de paz. “Me había dado cuenta la medianoche del 30 al 31 de agosto de la farsa que Hitler y Ribbentrop estaban representando”, porque simplemente escuchaba las entrevistas y las opiniones privadas de sus jefes cuando los negociadores extranjeros abandonaban la Cancillería. En la noche del 31, Hitler ya había dado la orden de invadir Polonia a las 05,45 de la mañana del 1º de septiembre de 1939. “Es el fin de Alemania”, comentará en privado el almirante Wilhelm Canaris.

Von Ribbentrop y Stalin festejan en MoscúVon Ribbentrop y Stalin festejan en Moscú

El domingo 3 de septiembre de 1939, a las nueve de la mañana, el embajador Henderson entró al Ministerio de Asuntos Exteriores, sito en Wilhelmstrasse 76, y le entregó a Paul Schmidt el ultimátum británico anunciando el estado de guerra. Una vez recibido, lo llevó a la Cancillería, entró al amplio despacho de Hitler, que estaba acompañado por Ribbentrop, y lo tradujo en voz alta. Al finalizar, el Führer se quedó completamente inmóvil y silencioso. Tras unos segundos, le pregunto a su Ministro: “¿Y ahora qué?” El alto funcionario contestó: “Supongo que dentro de una hora los franceses me entregarán un ultimátum idéntico.” Todo había sido una farsa porque mientras aparentaban negociar los nazis preparaban la “Operación Himmler”. Según Martin Allen, en “La guerra secreta de Himmler”, unas semanas después del 19 de julio de 1939, Hitler, Himmler y Reinhard Heydrich se reúnieron en la Cancillería. En ese momento, Heydrich presentó un plan con “una elaborada estratagema que permitiría a las tropas alemanas invadir legítimamente Polonia”. Proponía que fuerzas disfrazadas de polacos realizaran acciones simultáneas: “atacar el pueblo alemán de Kreuzberg, saquear el puesto fronterizo de Pilschen y simular un enfrentamiento violento en el puesto fronterizo de Hochliden… y copar la radio del pueblo alemán de Gleiwitz y emitir una furibunda proclama anti germana”. Así las calles de Gleiwitz aparecerían regadas de cadáveres de presos alemanes fusilados en un campo de concentración con uniformes polacos. Fue el inicio de la Segunda Guerra Mundial.

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